El caso del reloj ladrador, Reus, Madrid, 1947 (procedente de mi colección)
Recientes adquisiciones me han permitido conocer algo más sobre ese inimitable escritor que fue Harry Stephen Keeler. Porque, creánme, leer sus novelas, sin perjuicio de recorrer de vez en cuando las páginas del boletín de la Harry Stephen Keeler Society, es el único modo de intentar aproximarse a su particular y disparatado mundo. Mundo donde la lógica se entrecruza con la imaginación o, mejor dicho, donde la lógica de Keeler -y sólo de Keeler- y la imaginación de Keeler –y sólo de Keeler- se encuentran, para destilar -mediante el proceso alquímico que caracteriza a su singular método narrativo- un elixir literario sin precedentes en la historia de las letras, que tampoco ha tenido -hasta donde yo se- epígonos en su tiempo, ni cultivadores tras su desaparición.
Noches de Sing Sing, Reus, Madrid,1944 (procedente de mi colección)
Si hay algo que resulta evidente tras haber leído un cierto número de novelas de Harry Stephen Keeler es que bajo su original forma de escribir, tras su singular concepción del relato o, si lo prefieren, en su extravagante modo de enfrentarse al desafío que supone contar historias, se esconde la figura de un hombre que, más allá de sus manías y desvaríos, supo utilizar con destreza sus dotes de gran conocedor del sustrato elemental sobre el que se asientan las pulsiones humanas. No cabe duda de que ese hombre, Keeler, que en su juventud estuvo encerrado entre las paredes acolchadas de una celda de manicomio -al que parece ser le condujeron, a instancias de su madre, los diagnósticos más o menos discutibles de los alienistas- fue un fino observador del comportamiento, unas veces lógico, muchas veces errático, de sus semejantes.
Harry con uno de sus gatos, fotografía procedente de la página sobre Keeler de Mark Allen
Así lo ponen de manifiesto las acertados trazos con que describe la conducta de los cientos de personajes que pueblan sus novelas, atrapados en medio de la gran ciudad norteamericana, casi siempre Chicago (la “Londres del oeste”, como Keeler solía definir a la capital lacustre), escenario predilecto en el que se desarrolla la trama de sus extrañísimos relatos. Precisamente, ningún término sirve mejor que el de trama para describir con exactitud el hilo argumental de las narraciones del escritor estadounidense. En efecto, los personajes del universo keeleriano circulan por la narración respondiendo a una lógica propia que termina por desconcertar al lector, retándole constantemente, en un afán de hacerle olvidar que es un libro lo que tiene en su mano, intentando hacerle comprender que por más que se esfuerce nunca podrá derrotar a Harry, consumado ajedrecista de las letras que, página a página, sacrifica una y otra vez valiosas piezas para terminar al poco tiempo en el mismo lugar donde la partida empezó. O en cualquier otra parte del tablero… pues los relatos de Keeler están plagados de túneles secretos, de puertas traseras, de lóbregos conductos por los que discurre el pensamiento y la acción de unas gentes cuyas vidas terminan indefectiblemente por trastocarse, presas unas veces de la ambición desmedida, cautivos de una voluntad de hacer justicia en otras, esclavos casi siempre de una inexplicable locura a que el destino les empuja de manera inevitable.
Hallad el reloj, Reus, Madrid, 1947 (procedente de mi colección)
Desenvolverse dentro de semejante laberinto no resulta fácil. Precisamente esa, desconcertar al lector, era la principal tarea que Keeler se imponía cuando, delante de la máquina de escribir, insertaba en el carro las hojas de papel continuo que solía utilizar. Un detalle que por sí solo denota la intención del autor de dejar fluir la narración, al menos en primera instancia, para más tarde acomodar su contenido a las exigencias de su perturbado, pero sin duda ingenioso, método de producción literaria.
No ha sido Harry Stephen Keeler el único autor capaz de descubrir y aplicar con éxito un método brillante para escribir novelas de intriga. Entre otros, Jacques Futrelle, S.S. Van Dine y, por supuesto, Georges Simenon, fueron maestros indiscutidos en el arte de construir, o mejor dicho, “deconstruir” historias a partir de un suceso trivial, un hecho particularmente extraño o un acontecimiento luctuoso. Los dos primeros se centraron en aspectos insignificantes de la vida cotidiana. El segundo, sin duda superior en casi todos los aspectos, ahondó en el conocimiento del comportamiento humano hasta el punto de desvelar sus más íntimos deseos y frustraciones.
No ha sido Harry Stephen Keeler el único autor capaz de descubrir y aplicar con éxito un método brillante para escribir novelas de intriga. Entre otros, Jacques Futrelle, S.S. Van Dine y, por supuesto, Georges Simenon, fueron maestros indiscutidos en el arte de construir, o mejor dicho, “deconstruir” historias a partir de un suceso trivial, un hecho particularmente extraño o un acontecimiento luctuoso. Los dos primeros se centraron en aspectos insignificantes de la vida cotidiana. El segundo, sin duda superior en casi todos los aspectos, ahondó en el conocimiento del comportamiento humano hasta el punto de desvelar sus más íntimos deseos y frustraciones.
Fotografía de Harry en la que se ven algunas de las traducciones de Noches de Sing Sing, con sus magníficas portadas, procedente de la web de Mark Allen
Sin embargo, mientras estos grandes cultivadores de la novela impresa en papel barato hacían circular marcha atrás el proceso narrativo, imaginando lo que pudo suceder antes de que el crimen o el delito se cometiera, Keeler propone lo que el definió como web-work plot o argumento en forma de telaraña. Es decir, a partir de un hecho inicial incomprensible, raro o paradójico, el autor teje en todas direcciones una tupida tela de araña, una trama inagotable en la que se entrecruzan situaciones y personajes que, muchas veces, nada tienen que ver los unos con los otros. De este modo, la narración no se inscribe en un proceso intelectivo unívoco, aunque inverso, sino que, como si de una galaxia en expansión se tratase, envía sus cuerpos celestes en todas direcciones para conformar un todo a través del cual el lector se desplaza, desprovisto de criterio y ausente de voluntad, de la mano de nuestro extravagante escritor.
Las gafas del Sr. Cagliostro, Reus, Madrid, 1947, 2ª ed, procedente de la web oficial en español de Harry Stephen Keeler; lamentablemente mi ejemplar no conserva la camisa.
Asimismo, los ejemplos de metanarración son frecuentes en su obra (en otro lugar de Acotaciones tuvimos ocasión de hablar del relato paradigmáticamente keeleriano titulado “La extraña historia del dólar de John Jones”, inserto en su novela La cara del hombre de Saturno). Unas veces estos vienen derivados de la aplicación consciente del propio sistema por él ideado, mientras que otras, se originan en la pura y simple conveniencia de interpolar cuentos y relatos que habían sido previamente publicados y que, de ese modo, podían dar todavía lugar a un postrer aprovechamiento como subproductos literarios, con beneficio en términos de número total de páginas escritas, publicadas y, lógicamente, cobradas. Esta práctica, si no frecuente alguna vez utilizada por escritores que hicieron de la literatura su esforzada profesión, contribuye las más de las veces a aumentar el desconcierto del lector sin aportar gran cosa al argumento principal (si es que tal concepto puede ser aplicado a las obras de Keeler). Véase sino el ejemplo del relato –bien conocido por los keelerianos- que lleva por título “Gatos que he conocido”, inserto en su novela El caso del reloj ladrador.
Noches de ladrones, Reus, Madrid, 1944, procedente de la web oficial en español de Harry Stephen Keeler; tampoco mi ejemplar conserva las guardas.
En cualquier caso, más allá del método y sus variantes, que el propio autor expuso en una obra titulada The Mechanics (and Kinematics) of Web-Work Plot Construction, obra que por la profundidad de su análisis y, al mismo tiempo, por la complejidad extrema de su planteamiento, lo mismo podría haber sido prueba suficiente para hacerle ingresar de nuevo en un asilo de lunáticos como para otorgarle una cátedra de técnica narrativa, lo que nos queda tras la lectura de cualquiera de sus novelas es una sensación confusa, ambivalente, como la que describía al concluir mi anterior artículo sobre Keeler. “¿Obra de un autor extravagante o de un loco genial?” –me preguntaba entonces. La cuestión quedaba en aquel momento sin respuesta, conformándome tan sólo con poder seguir buscando sus novelas y continuar leyéndolas en un puro afán de solazarme en lo desconcertante, por el simple prurito de disfrutar del encuentro con lo infrecuente.
Mi opinión no ha cambiado en lo sustancial desde entonces. Sin embargo, entreveo ahora la posibilidad de superar esa fase inicial, centrada de forma exclusiva en extraer la esencia vagamente pulp, de respirar el delicado perfume de ese extraño fruto del weird cotidiano que es la obra de Keeler, de gustar una vez más su licor enervante y por momentos venenoso, para entrar en una nueva etapa, consagrada a la ardua tarea de desentrañar algunas de las claves que encierra su obra, principalmente las que ofrece su, en apariencia, disparatado proceder como narrador.
Mi opinión no ha cambiado en lo sustancial desde entonces. Sin embargo, entreveo ahora la posibilidad de superar esa fase inicial, centrada de forma exclusiva en extraer la esencia vagamente pulp, de respirar el delicado perfume de ese extraño fruto del weird cotidiano que es la obra de Keeler, de gustar una vez más su licor enervante y por momentos venenoso, para entrar en una nueva etapa, consagrada a la ardua tarea de desentrañar algunas de las claves que encierra su obra, principalmente las que ofrece su, en apariencia, disparatado proceder como narrador.
La voz de los siete gorriones, Reus, Madrid, 1948, procedente de la web oficial en español de Harry Stephen Keeler; el mío no tiene sobrecubierta.
Un proceder cuyo fin último por el momento se me escapa, pero que me resisto a verlo reducido al simple impulso de rellenar resmas enteras de papel sin más objeto que el de percibir unos emolumentos con los que llevar una vida digna, sin otro propósito que el de facturar unos cuantos cientos de dólares a ingratos editores, justificando con ello la difícil elección que para cualquier hombre común supone el decidir convertirse en escritor profesional a dólar la página. Keeler tuvo que perseguir un objetivo, su obra no pudo ser únicamente el resultado de la febril acción de un grafómano enloquecido.
Pienso que el quid de la cuestión está en descubrirlo por uno mismo. De poco sirve buscar en lo que otros han dicho la piedra filosofal del mundo keeleriano. ¿O es que mi inveterada condición de autodidacta es la que me impulsa a creerlo así? ¿No soy más que un voluntarista? ¿Quien sabe?, quizá esté empezando a pensar como Keeler, y ello es algo que me preocupa y a la vez me inquieta. Me preocupa y me inquieta fundamentalmente porque yo no soy Keeler, y porque esta misión que yo mismo me he adjudicado acaso sea inútil. Inútil y estéril como lo es la obsesión de aquellos, entre los que me cuento, por inquirir sobre el fundamento de la naturaleza humana, por indagar sobre los deseos, cumplidos o frustrados, de cada hombre, por comprender las grandezas y las miserias de que está hecha su pasajera existencia. Todavía más inútil y estéril en la medida en que nos empeñamos en hacerlo a través de un extraño procedimiento: pasando una tras otra las mohosas y quebradizas páginas de una novela popular.
Pienso que el quid de la cuestión está en descubrirlo por uno mismo. De poco sirve buscar en lo que otros han dicho la piedra filosofal del mundo keeleriano. ¿O es que mi inveterada condición de autodidacta es la que me impulsa a creerlo así? ¿No soy más que un voluntarista? ¿Quien sabe?, quizá esté empezando a pensar como Keeler, y ello es algo que me preocupa y a la vez me inquieta. Me preocupa y me inquieta fundamentalmente porque yo no soy Keeler, y porque esta misión que yo mismo me he adjudicado acaso sea inútil. Inútil y estéril como lo es la obsesión de aquellos, entre los que me cuento, por inquirir sobre el fundamento de la naturaleza humana, por indagar sobre los deseos, cumplidos o frustrados, de cada hombre, por comprender las grandezas y las miserias de que está hecha su pasajera existencia. Todavía más inútil y estéril en la medida en que nos empeñamos en hacerlo a través de un extraño procedimiento: pasando una tras otra las mohosas y quebradizas páginas de una novela popular.
© E. Altés, 2011